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La amistad desde el punto de vista de un narcisista

Narcissus, Caravaggio, 1594-1596

Me gusta pensar que mis amigos deben adornar mi personalidad, mi día a día. Por eso presto mucha atención a quien permito acceso a mi círculo personal. Elijo escrupulosamente, pues no todo el mundo es digno de mi presencia y atención. Desde mi infancia temprana, he sabido que soy distinto y he aprendido a aceptar este hecho con la cabeza bien alta.

Aquellos que he elegido como mis amigos también llevan una distinción por el simple hecho de ser mis amigos, y esto los hace personas únicas, sumamente originales: personas en las que me veo reflejado.

Tener un gusto tan exquisito con respecto a las personas condena a la soledad, debo reconocerlo. Pero prefiero mi soledad antes de rebajarme y unirme a la masa. La función de la masa debe ser, y es, tan sólo un fundamento sobre el cual me elevo para brillar con toda mi excelencia. Por eso, mis amigos, mis fieles seguidores, son en realidad mis discípulos, y es mi deber guiarlos e indicarles el camino correcto. Ninguno debe tener la sensación de que se acerca a mi, que es igual a mi. No tolero la rebelión.

Me atraen las personas cultas, sumamente inteligentes, talentosas. Me resulta fácil ser generoso, magnánimo con ellas para ganarme su amistad, porque, al fin y al cabo, si quiero que su talento me sirva, debo ofrecerles algo a cambio, esto es justo. Me gusta agasajarlos, darles la sensación de que son especiales para mi y ante todo el mundo.

Pero, seamos sinceros, la amistad es algo sumamente sobrevalorado. Es algo que quizás sea bueno para la masa, para el pobre diablo que necesita sentirse arropado por sus parecidos, porque esta sensación insufla seguridad y fuerza. Pero para personalidades como yo, que han sido elegidos para brillar, está claro, que nadie puede aproximarse y medirse conmigo. Las estrellas solitarias brillan más fuerte porque son solitarias.

Hace poco me topé con lo que Séneca dice sobre la elección de los amigos:

Después de la amistad se ha de ser fiel; antes de ella se ha de juzgar…[…]. Reflexiona durante largo tiempo si tú debes recibir a alguno como amigo y, una vez te agrade que se lleve a término tu elección, admítelo con toda tu alma; comunícate con él como contigo mismo. (Cartas a Lucilio)

Conmovedor, decididamente conmovedor. Diría que la primera parte del consejo me parece bien acertada, aunque quizás formulada para el vulgo. Porque personas como yo, dotadas con la habilidad de ver el potencial de alguien para ser mi amigo, quedamos prendados al instante, incendiados ante el reto de ganarnos a una persona que podría servirme con sus talentos. Por eso imagino que el hombre sabio no tomó esto en cuenta en la segunda parte de su consejo.

Recuerdo una anécdota sobre Robert Musil, que leí hace tiempo en el libro autobiográfico de Elias Canetti. Mientras escribía Der Mann ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos), más pobre que una rata, el círculo de escritores y artistas que él trataba, se encargó de reunir dinero para mantenerlo, para que Musil pudiera seguir escribiendo su obra de cuya brillantez estaban convencidos. Musil consideraba el dinero algo tan inmundo y despreciable que ni se rebajaba a tocarlo, lo recogía su mujer, que también tenía que ir con él y abrirle las puertas en los sitios a los que iban, ya que Musil se negaba a tocar los pomos, por el mismo motivo.

Debo decir, que Musil hubiera disfrutado con mi comprensión total. Considero que uno debe ser consciente de su excepcionalidad, de su “gigantez”, como probablemente diría Nietzsche y no dejarse suavizar por un concepto tan ingenuo y absurdo como el “amor al prójimo”. Ya lo decía este águila de espíritu universal, sobrehumano:

la razón primordial misma es considerarse un destino, no querer ser “distinto”. (Ecce Homo)

Por eso no me resulta difícil cerrar la puerta para siempre a los que traicionan mi confianza o que tienen la soberbia de creer que pueden aconsejarme. El que da un consejo siempre parte de la suposición de ser superior al que necesita un consejo. Los que osan de convertirse en traidores, y entiendo como traición cualquier intento de rebajarme y ponerme al mismo nivel con la masa, que intentan perturbar mi ser, mi singularidad con su vulgaridad, dejan de existir para mi. Simplemente dejo de verlos, se convierten en aire que mi mirada atraviesa. Porque el perdón es para los débiles.

Obsesiones perras

Gustave Doré, Dante Alighieri – Inferno, Plate XXII, Canto VII: The hoarders and wasters.

 

For all the gold that is beneath the moon,

or ever has been, of these weary souls

Could never make a single one repose.

 

Obsesiones que aceleran el corazón. ¿Qué obsesión no acelera el corazón?

No sé si bendecir o condenar aquel momento cuando mi boca inocente formó las palabras: “Vamos a tener un perro”. Desde entonces he visto como el sol sube y baja del horizonte miles de veces, pero mi corazón sigue latiendo en el ritmo de un-perro, un-perro. Camino por la calle y mis ojos desesperadamente saltan de un lado al otro en busca de algún peludíto con trufa húmeda, moviendo la cola. Mi corazón se estremece de ternura, todo mi cuerpo se estremece. Durante mucho tiempo no percibía a personas, tan sólo rastreaba las calles con una mirada de águila rezando por que Dios pusiera en mi camino un cachorrito dulce. ¡Un-perro, un-perro!

Las obsesiones son como los enamoramientos. Claro, si el enamoramiento es una obsesión. Vivo por desvivirme.

¿Por qué necesito un perro? Como si no tuviera nada mejor que hacer. Desesperada de encontrar un argumento objetivo, llegué a la autoterapia. Decidí que mi vida social – que nunca fue especialmente rica, se estaba reduciendo al mínimo, así que un perro sería mi salvador del abismo de los monólogos.

Me gusta pensar a lo grande. Think big! Antes de que me diera cuenta, ya estaba pensando en un centro de terapia con perros. En mi cabeza, las ideas vienen como carcajadas – repentinas, en abundancia, pertenecen al momento.

Sueño con un compañero ideal, entregado y fiel, que tenga el talento de leer mi mirada, que ponga su patita sobre mi rodilla y inclina su cabeza a un lado, sacándome un suspiro de ternura, para invitarme a pasear, para preguntarme qué tal mi día o por qué estoy triste. Me lo imagino de la manera más romántica, mi héroe camina a mi lado en la oscuridad.

¿De dónde cobran tanta fuerza las obsesiones?Se convierten en un torbellino, después de empezar como un capricho inocente, inofensivo. A veces mi fijación de abrazar un peludo ladrando crece tanto que siento que el deseo de verdad desaparece, se convierte en un deseo hueco. Lo quiero tanto que dejo de quererlo de verdad. Una fijación de querer.

Necesito verbalizar mis deseos para darme cuenta si realmente son deseos. Necesito actuar para darme cuenta de que mis actos serán un fracaso.

Perros hambrientos en manadas, medio salvajes, cruzando las calles en busca de comida. La hambre los convierte en asesinos.

Perros esperando en las tiendas locales, debajo de la barra, mirando las manos de cada persona que entra y sale: si están llenas, se levantan como uno, y lo siguen.

¡Ay de él!

¿Perder la cabeza por un perro?

Recoger caca. Caca de perro.

Obsesiones que nos arrastran al borde de la locura. Un amour fou.

Un amour fou es una obsesión perra.

Paseos a horas intempestivas. Necesito mi sueño de siete horas. Odio madrugar.

El sano juicio. Cuando decidí que tenía que tener un perro, pregunté durante un año a todos mis conocidos, compañeros, alumnos, desconocidos en la calle y en los bares, sobre su experiencia perruna. Nunca pido opinión cuando sé que quiero algo. Conociéndome, más tarde llegué a pensar que mi sano juicio ya sabía que no debería hacerlo – por eso busqué una escapatoria creando motivos de “no”. Las decisiones demasiado reflexionadas quedan reflexiones no vividas.

Isn’t it a pity?!